8.8.07

Apocalipsis
Óleotipo. Villegasuribe
OFICIO DE SOMBRAS

JORGE SCHULTZ NAVARRO

PROLOGO APOCRIFO DE LOS CANTOS
DE MALDOROR


Maldoror...!
Es Dios
ese mosquito borracho que planea por la alcoba?

ZEZEEZZZEEZEZEZEZEZZEZEZEZEZEZEZEZEZEZEZEZ
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NOCTAMBULARIO
En realidad
hay un argumento en todo esto
y prima en los colores
de la noche.

Pero.
¿Por qué mi oído se pega a los ruidos de la calle?
Por qué ese lenguaje de ecos como única respuesta a mi silencio?
Por qué la noche se hace más profunda cuando camina con tacones?

Esto no es fácil.
¡Concentrar el corazón y apartarnos!
Bucear en las palabras que pasan raudas por el cuerpo
si el resto viene con mechones de luces y de sombras.

De nuevo la noche insiste con sus gestos,
se impone y miro la imagen que yo escucho
detrás de una de las tantas vitrinas
de la calle:

Un trapo rojo amarrado al palo inclinado de una escoba, ondea en la sombra dura
del cemento. Colgada de interrogaciones, mosquease allí la carne. Un carnicero
corta y pesa el almuerzo difunto de Matildes y Marujas,
afila sus cuchillos uno contra otro,
y están alertas, en la escena,
perros amarillos a grises regatones.

Pero la imagen vuelve y eleva su volumen,
y sin verla
adivino en los piélagos del aire
la infinita inmundicia de los hombres,
un golpe de color
en el taxi del que baja alguien,
o la mano que tira la cadena,
al carnicero que arroja masas gordas,
huesos
con apagado golpe en la penumbra de la acera.
Gruñen, ladran perros,
otro aullando huye en perspectiva.
De nuevo el carnicero afila sus cuchillos,
uno contra otro
en rito permanente
como imborrable ruido de esas sombras,
como estación
la calle obligatoria,
chasquifilos que penetran
la densa oscuridad de mis palabras.
Y miro el sitio
y en realidad hay un argumento
en todo esto,
mientras mis ojos
se asoman sobre el marco de la imagen,
donde en idénticas proporciones, pesan;
los sentidos y la noche,
y el alma
lo mismo que la carne.

TODO LO QUE DESAPARECE DE MIS MANOS
LO ENCUENTRO EN MI ALMA

Qué dispara mi alma
a buscar
tan despiadadamente
en la oscuridad
de mis razones?

Por qué recuerdo esta calle
dónde nunca
estuve antes?


Alguien entra a respirar mí oxigeno en cósmicos lugares;
porque esta calle de pasos cotidianos,
esa plaza y sus árboles
son tan cósmicos como cualesquier estrella,
igual a aquella casa que recuerdo en sus detalles, vivamente:

Flotaba la noche en las estancias y en la percha,
donde una muchacha colgó su impermeable.
La muchacha deja su perfume de viento entre las rosas,
se muestra frágil, como sombra, en los blancos rincones de la casa.
Entonces, ubicado como por un rayo en la memoria,
en su sitio exacto miro el objeto de mi asombro
donde su ligera presencia se hace cierta,
y sé,
o termino acontecido
que en el hueco de mis manos,
en ese perpetuo instante
de su aroma,
inundará
el viento de la noche con su ausencia.

EL TIEMPO

La vida
me exilia
lejos
de la infancia.

DE LA ESTATUA.
ARTE CALLEJERO O PERFORMANCE
O SIMPLES CUESTIONES DE ESTADISTICA

Por cuánto seré caricatura de mí mismo,
fijo en el pedestal de esta tarde
entre la gente que pasa
y maravillada queda con este oficio
de congelarme en el tiempo?
En estas calles,
en este miserable empleo que
fatiga mi quietud
y la hazaña de no parpadear;
y donde funjo de recolector de café
o de blanco espanto que lee el viento en un libro?
Hasta cuándo actor de piedra o bronce
esculpido en medio de la acera,
en la puesta en escena del rebusque
y cuyo único guión y parlamento
es la petrificación del cuerpo
y el silencio?
Quién mide
mi desgastada paciencia o el insulto
del revoloteo
de puercas palomas que gorjean y me bautizan?
Quién,
la dadiva del niño sorprendido
que me ve bajarme de la tarde,
a parpadear,
a estirar los músculos? Para luego,
volver sobre mí mismo
y congelarme en un monólogo del cuerpo en mi silencio,
a competir por una moneda
con ciegos y tullidos,
o lo que es peor

con
apergaminados

Bolívares y Nariños.


LLUVIA

Por el pensamiento
del poeta
pasa un manojo de nubes
y llueve
un poema.

EL MENDIGO
Nos parecemos ciudad como mis llagas.

Y si he dejado de ser quien fui
por ser otro
en este caso para hallarme
en algún sitio y en ninguno.
Porque me apuntas en un retrato tuyo transeúnte
en toda calle donde soy pesadilla en tu mirada;
yo que no alucino en tus ciegos espejismos
comparto tus gusanos y monedas
que piden un poco más de tiempo para el hombre,
un poco menos polvo en calles y en arterias.
Yo, tu basuriego y tu punto de renuncia;
quien comparte su banquete,
y se sienta a manteles de viento
con negros pájaros.

VAN GOHG DE SOL

¿Cómo una llovizna
pasajera
podría pintar mi rostro
sobre la tierra reseca y agrietada del verano
porque sin dejar rastro
el verano ardiente
me evapora?

Sería su sed.
Suficiente y vasta para apoderarse del mundo,
o del desgarrado preciosismo de un trazo
corriendo alucinado por el lienzo.

Si Van Gogh,
después de vaciarse el alma de crepúsculos,
dormido en camastros,
vendedor de lienzos por subsistencia,
después de soltar por allí
par balazos a Gaughuin
pintó ya mutilado, girasoles…

Se ve la presencia del artista,
producto de genialidad
y la locura,
si alguna vez pintó sus ojos que lo hizo.
Estoy en un museo,
bien pudiera ser en Kajtjtchnski en los Urales,
y me extasío en el ocre de las flores.

Admiro el cuadro.
Y en mi imaginario
veo fuegos de aguda lucidez
respecto de óleos y paletas.

Van gogh, el genio
que nunca supo que lo fuera;
el muerto de ganas por el hambre,
de quien se venden hoy
por sumas astronómicas
sus creaciones
por insensibles paradojas
del mercado.

Aquel Van Gogh de sol
con ocres trazos fulminantes
diera por terminado
su retrato con vendaje para la estación de los calores.
Nada tuvo Van Gogh en esta vida
a excepción de pinceles
óleos
y el color de su locura.

Y yo
simple mortal frente a su tiempo,
vaciado por tanta muerte,
tocado de simpleza por el arte,
me pregunto:

¿Por qué hablo yo de Van Gogh
en un poema
si lo único que me une a la pintura
es una línea,

va en busca de sí misma y me anuda
a la luz crepuscular de este museo.

URBES DEL TIEMPO

Sé que antes de estos edificios,
en el mismo lugar,
se alzaron otros.
Se alzan aún
etéreas construcciones
y escucho, por el viento de estas calles empedradas;
una orfebrería de cañonazos y de sables, un dolor
indígena de yelmo, exasperados gritos africanos.
Hay algo lúgubre también
en este farol de madrugada,
hay algo de histórica novela por el aire,
algo en su aire gris,
me tiñe de fantasma por sus páginas.

DE POEMAS DEL VERANO
La luz en las palabras, revela un rostro en el espejo,
bien pudiera ser el mío, si no fuera, porque es otro
asomado en una orilla del poema.
Tal vez sea el de un poeta imaginario,
recorre con sus ojos una página; y quizá,
quiera él, nada es seguro,
hablen esos versos de poética,
o del tiempo,
ese espejo que anticipa en un instante
el oscuro reflejo de la muerte.
Quizá, también, esos ojos, pudieran ser
los de un lector imaginario;
y se pierda ese lector entretenido, mientras lee,
en la propia tensión de su recuerdo, y soslaye,
en otra pagina, esta vez, en su memoria,
el beso de amor que dio alguna vez
a su pareja.
O tal vez -por qué no- se trate de un músico, que,
ve el poema, como la partitura de un bolero
que habla de amores locos, sin destinos;
o de una muchacha en su balcón blindado como torre,
culpable de su aguardiente y serenata.
Y si esos ojos acaso se trataran;
de un escultor que cincela su emoción
en el recuerdo de una piedra…
O de una pareja con carácter y exaltada en sus gestos,
de bailarines de tango en los movimientos hechizados
de sus piernas, por el piso ajedrezado
de una academia de espejos…
Pero volvamos al poema
de fronteras de niebla pintadas en la brisa,
o de saeta, también imaginaria,
surcando los cielos de sus páginas hechas de polifonías
y metáforas.
Hablo de un presunto poema que trae en sus hendijas,
una sombra que pasa por los ojos,
o el sonido efímero e intraducible
de un leve aleteo que afirmara;
“estoy hecho para vosotros…”
poema que apunta, directo al centro de tus ojos
y sales inspirado y disparado hacia tu casa;
seas ya escultor, músico o poeta, lector imaginario,
a forcejear con notas de tu flauta
y ensimismado en la limpieza de tu página.
Hablo de un poema que da en el centro de uno mismo,
o de un poema que entinta,
la próxima oleada del verano.


DE ENCUENTROS

Todos los días tu sonrisa era una fiesta,
y un beso tuyo perfumaba el camino al paraíso.
Cuántos días fui tu Adán?
Cuántos días fuiste tu mi Eva?
Escuchaste unos pasos sobre hojas,
y el aire,
se quedó sin nosotros.
Y sólo era el viento.

DEL ABUELO

Abuelo:
De niños nos contabas historias
de héroes fantásticos.
de sentirte joven
a pesar de tus ochentas;
que en los mecanismos de tu corazón
se desbocaba la vida,
de allí,
tus baños de luna en el patio.
Para asustarnos,
afectabas tu voz
y un viento de espanto
ululaba en tus labios.
De ello dan fe -decías-
mis canas,
y mi pesada caja
de herramientas y accesorios.


LA PIANISTA
O acaso, acaso esa mujer era la misma música
Aurelio Arturo

Con levedad en poder de la fragancia
la ocre,
y negra melodía de su piano
se extingue en brillos, se reaviva,
parpadea lejana bajo sus dedos.

¿A qué dimensión,
a qué mundo alterno pertenecen sus imágenes, si la tonada
proviene,
de la cascada nocturna de sus cuerdas?
¿Para quién o quienes,
tocará después, la dulce melodía encarnada de sus manos,
esa perfumada y desgranada música,
como ecos de una cinta agujereada?
¡Qué breve es el tiempo impuesto por sus manos!
de esa melodía que dura lo mismo que las rosas,
de ese concierto sonando para ti, únicamente.
¿O es quizá;
la fugaz imagen que quiere mantenerse viva,
y recordarme,
que de esa melodía... sólo soy su pasajero.

ARMADO HASTA LOS DIENTES
Cuál rumor anda por la calle?
Qué soy ágil?
Qué desarmo y armo
mi pistola
y te disparo en tres segundos?

Que en mi se desplaza un perseguido,
uno que no pierde de vista
sus sabuesos?
Qué soy contundente?
Un duro?
Qué golpeo el aire?
Qué golpea una sombra hasta molerla
y dejarla arrodillada?
Qué soy tanto o más cruel que titular:
“ángel de odio aparece en infausto callejón
y certero,
disparó al blanco bulto de la noche.
DISUELVE CUATRO SOMBRAS”
Qué más dicen?
Su pistola es su fiel amante
y coquetea
con la señorita paranoia?

Qué mis días
son un remolino de monstruosidades?

Qué soy en los bajos fondos una leyenda?

Qué nadie como yo lleva sobre sus hombros tan
alado sino?

Todo es cierto.
Sí.
Lo sé.
Tengo un repertorio de miradas peligrosas
y cuchillos y cananas;
por eso evito,
en el día,
mirarme en los espejos.

HAMLET EN MOTOCICLETA

¡Ofelia!
Para qué tatuarte en mi chaqueta, si ruges transparente en mis llantas, y tu rostro
en mis nubes te abandonan…
Para qué viajo en estas preguntas que matan, si desaparezco como un ruido en el
fondo de mis noches…
Por qué flotas entre las líneas amarillas de mi asfalto, y me ciegas de esta forma
si me alumbran tus ojos como luces de camiones en mis curvas...
Yo que puedo conducir de noche a noche por tus cabellos de miosotis…
Yo que bebo la luz en la penumbra abierta de tu cuerpo como un libro…

¡Ofelia, no lo dudes... no te hagas ilusiones!
por que cada palabra dicha con el fuego de mis llantas, te calcina,
y será para ti la última,
como señal fluorescente tragada por las sombras…









HOJAS DE DIARIO

A estos tipos, tarde o temprano, los pescan.
T. S. Eliot


Ahora que estoy en el filo de esta noche,
y escucho el viento rumorar entre los árboles,
pienso en el tiempo,
en el fluir de la vida y de la gente;
en estas cosas que, apenas,
un hombre puede escribir en su diario
mientras piensa en la poesía, ese muñón
de árbol que queda del naufragio,
ese oficio de sombras cotidianas.
Y así, sin apartarme de la ventana,
penetran por allí las voces de la ciudad
resueltas en aceras.
Es la calle, y veo pasar a sus hombres y mujeres,
ignorantes de lo que yo no ignoro, y no soy sabio;
y reparo en ellos, y hago mi juego diario
de hacerme preguntas hipotéticas.
Pasa una mujer, sereno el rostro,
puede ser alguien feliz;
o quizá alguien cincelado en su tragedia.
Qué vientos puede portar en su cartera?
Cuántos años tendrá su hermosa cabellera?
Será la virgen escogida por el barrio para su fiesta?
Qué estaría haciendo antes de materializarse aquí
en mi calle?
No lo sé - pero puedo suponerlo,
escarbando en la rutina -
Preparó su baño de burbujas con premura,
enfundó su cuerpo en un vestido
viva copia de tanta primavera;
y salió a la esquina colgando su mano del aire
para abordar un bus urbano.
Y de ese anciano que ahora desliza en el buzón
una carta...
Qué habrá escrito en ella?
La petición de libertad de su hijo secuestrado...?
O de este hombre que va al lado de una mujer;
pudiera ser abogado, medico, o contador,
y viene del trabajo de presentar
un balance en rojo ante una junta, y ahora,
va a efectuar alguna compra con su esposa.
Tienen dos hijos?
Serán los próximos
en ser borrados por una bomba
mientras caminan desprevenidos por la calle?
Qué oscuro secreto cargan ellos...?
Es noche, y sigue soplando el viento,
y la calle va quedando sola con sus basuras
y papeles;
mientras regreso frente al papel a escribir
la primera línea de un poema;
¡cuanta realidad hay en la poesía!
y medito, en alguien como yo;
y encuentro que soy un hombre
de esos tan comunes,
lector de libros en los parques;
y quien sólo aspira,
a pequeñas cosas en la vida, por ejemplo:
si Dios quiere,
ejercer este insoportable y bello oficio para siempre,
algún reconocimiento en vida que sirva de estimulo
y no de lustre de soberbias,
y mis poemas dentro de un tiempo
sean leídos por algún muchacho
y al cerrar el libro, exprese conmovido:
¡después de todo, este hombre tiene algunas alegrías;
un Ulises, que conquistó su propio mundo!
De mis otros asuntos, no tengo más nada que agregar.

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